| Primer
Premio "Segundo Serrano Poncela", mención Humanidades,
1992.
Nacimiento Y muerte de la adolescencia
Ana Carmen Rondón*
Este trabajo fue realizarlo en el curso Libros de infancia y juventud
(LLB-526) que dicta el profesor Cristian Alvarez, del Departamento
de Lengua y Literatura.
Muchos hay que sólo esta vez en la vida
pasan por aquel morir y renacer que es nuestro destino, sólo
esta vez, cuando lo que hemos llegado a amar quiere abandonarnos
y sentimos de repente en nosotros la soledad y el frío mortal
de los espacios infinitos. Y hay también muchos que embarrancan
para siempre en estos escollos y permanecen toda .su vida dolorosamente
adheridos a un pasado sin retorno, al sueño del paraíso
perdido, el peor y más asesino de los sueños.
Hermann Hesse
Introducción
El nacer y el morir en la vida, o más específicamente
en cada una de las etapas que la conforman, resulta sin duda un
tema que seduce a cualquiera que tenga interés por el conocimiento,
si ciertamente podemos lograrlo, de lo humano y vital. Entrar en
los misterios que dan origen a una perspectiva diferente de las
cosas que nos rodean y de nosotros mismos, no resuta más
tentador que sumergirse en las revelaciones que dicha visión
nos ha dejado como legado, una vez que nos hemos abocado hacia otros
horizontes.
Si bien en la adolescencia cuando "buscamos la estrofa que
nos falta, las palabras en que querríamos vaciar tanta inquietud
y tantas emociones encontradas" según las propias palabras
de Mariano Picón-Salas en su libro Viaje al amanecer,
dicha búsqueda finalmente conduce al afianzamiento de nosotros
mismos, al encuentro de "nuestra propia e intransferible peculiaridad"
como lo revela el mismo escritor en su obra Regreso de tres
mundos. Pero junto con el fin está el comienzo, es decir,
el principio de la adolescencia y el final de nuestra infancia.
Esta transición constituye el otro eje del presente trabajo:
Nacimiento y muerte de la adolescencia como fuente motriz de nuestra
existencia.
La primera grieta
Como el niño que abandona el vientre de
su madre y que al verse privado de todo aquello que le rodeaba y
que le brindaba seguridad, rompe en el llanto mas descarnado y profundo,
asimismo esa sensación acompaña al adolescente que
siente cómo todos sus sentidos están a la deriva,
despojados del gran barco que timoneaba su vida. Es ese momento,
como lo dice Octavio Paz en las pocas líneas que aluden este
tema en su libro El laberinto de la soledad, cuando "entre
el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla:
la de nuestra conciencia"1. Pero el levantamiento de esa muralla
generalmente ocurre cuando, en el momento que menos esperamos, nos
topamos de frente con la realidad. Ese encuentro puede resultar
con el suceso más nimio, pero finalmente nos marca para siempre.
Picón-Salas escribió: "Entre las dos fronteras
de toda existencia -el lugar desde donde se viene y aquel adonde
se quiere llegar-se sitúa la extrema tensión del presente,
aquello que ya no es recuerdo o utopía sino circunstancia
acechante, cambio o pena biológica, lucha con los demás
hombres, suma de episodios triviales que parecen apagarse con la
ceniza de cada crepúsculo".2
Si pensamos tales fronteras existenciales como infancia y adolescencia,
las palabras del autor merideño no podrían resultar
más acertadas. Acaso ¿no es entrando en la adolescencia
cuando dentro de nosotros suceden las más radicales e infinitas
cadenas de cambios? Todo nuestro entorno nos resulta ajeno a la
burbuja que encerraba nuestra niñez, e inmediatamente asumimos
el rol de fuerte guerrero que con piedras y palos debe conquistar
la tierra que le pertenece. Emprendemos entonces una lucha con la
humanidad para arrebatarle un poco de la coherencia que la domina
y de la cual nos sentimos ajenos.
En las páginas del Demian3, Herman Hesse
nos relata cómo Emilio Sinclair, tras haber penetrado al
mundo oscuro por medio de una mentira jurada en vano, y víctima
de un chantaje, regresa a su casa, mundo luminoso, y al ser reprendido
por su padre "por traer las botas mojadas"4,
confiesa a sí mismo sentirse "como un delincuente al
que se juzga por el hurto de un panecillo y tiene sobre su conciencia
un asesinato"5. Justo entonces se siente superior
a su padre, pues éste era incapaz de descubrir en los ojos
de su hijo la terrible verdad que pesaba sobre sí. Y ¿qué
puede resultar más trágico y frustrante para un niño
que el poner en duda la superioridad de su padre? ¿Acaso
no es éste la mano fuerte y segura que hasta entonces lo
había llevado? Pero desde el mismo momento en que Emilio
acepta su pecado e internamente decide asumir su culpa, y no escucha
a esa voz infantil que le decía que lo contase todo a sus
padres, concientiza que él es, y como ser debe él
solo resolver sus conflictos.
Sin duda alguna esta obra pone al trasluz todo el proceso mental
qe refleja la crisis de la adolescencia. Crisis porque nuestra vida
se convierte en un caos, es como un remolino en el que flotan todo
un montón de cosas y sensaciones que querernos alcanzar pero
que no llegamos siquiera a palpar. Pero junto al conflicto emocional
fluye la ebullición hormonal que llevamos dentro, que nos
hace ver monstruosos gigantes donde sólo hay viejos molinos
de viento. Emilio Sinclair es por demás un personaje con
una extraordinaria riqueza espiritual, y en cada razonamiento de
cada suceso en su vida, logra plasmar la terrible angustia que lo
envuelve.
Más adelante escribe Hesse: "Fue una primera desgarradura
en la santidad del padre, una primera grieta en los pilares sobre
los que había reposado mi infancia y que todo hombre tiene
que destruir antes de poder llegar a ser él mismo”.
Es aquí donde aún no encuentro compartir mi pensamiento
eon el autor. Pero no pretendo con ello negar su trascendencia,
es sólo un cuestionamiento personal. Si bien es cierto que
tal "degarradura" marca un antes y después, que
por ella somos capaces de asumir la responsabilidad de ser y de
cambiar la visión ante el mundo; y que, más aún,
ella significa la primera grieta en los pilares que se ha basado
nuestra existencia hasta entonces, ¿por qué tener
que destruirlos para poder ser nosotros mismos? William Wordsworth
dice: "El niño es padre del hombre" 7
y entonces si destruimos las bases de nuestra niñez, ¿qué
nos queda cuando seamos adultos? ¿No resultaría más
sensato reforzar los pilares poco a poco con cada descubrimiento
del mundo y de nosotros mismos, tratar que esa grieta perdure como
parte intransferible y propia de nuestro ser, para así encontrar
nuestra verdad? No puedo evitar sentir un vacío al pensar
que debo destruir -pueda que esta palabra me resulte algo
antipática- aquello que quizás resulte lo único
cierto en toda mi vida, pues cuando en la madurez evoque mis reflexiones
de ese pasado que se fue para nunca más volver, encontraré
un silencio absoluto que sólo me llevará a pensar
¿qué existió allí que ahora no está?,
al igual que en el poema Para celebrar una infancia de
Saint-John Perse. (Quizás cuando pasen los años y
relea estas líneas, pueda entender el verdadero sentido ele
las palabras de Hesse, o por el contrario reafirmar mi pensamiento).
Muchas veces, el encuentro con la realidad sucede al unísono
con el despertar del sexo en el adolescente. Para W. B. Yeats "el
gran conocimiento de la vida de un muchacho es el despertar del
sexo"s. A pesar que esta revelación no tiene la misma
significación para ambos sexos, existe en ella un lugar común.
El descubrimiento de nosotros mismos a través de la expresión
y conocimiento de nuestro cuerpo, revela ante nosotros un despertar
de los sentidos, una cierta sensualidad. Nos sabemos poseedores
de un soma, y a través de él nos sentimos capaces
de exteriorizar nuestro pensar, y más aún, aprender
y descubrir el mundo que nos rodea.
Particularmente pienso que el tránsito de la infancia hacia
la adolescencia está mareado, corno señala Octavio
Paz, por un sabernos solos y un asombro de ser. Pueda que uno lleve
al otro, pues desde el mismo instante que nos sentimos seres únicos,
nos damos cuenta de que estamos solos. Y a pesar de que la soledad
brinda misterios fascinantes que dan una aire de misticismo a la
existencia, sentimos la lejanía de todo lo que hasta hace
poco nos rodeaba y armábamos. Nuestros ojos se ven nublados
por el abarrotamiento de las primeras lá - grimas profundas
y existenciales, pues "¡Ay del adolescente que no lloró
en algún momento de confusión y soledad, de vago misterio
y asombro ante los conflictos que nos depara la vida!"9.
Pero como muchas cosas en la vida, tenemos que levantarnos y caminar,
y buscar nuestra propia expresión. Pero sólo aquellos
que nacieron con un poco de vida interior son capaces de encontrarla,
y no dejar que el ritmo agobiante de la sociedad moderna las entierre
y sepulte bajo las luminosas marquesinas que nos hablan de una vida
fácil llena de lujos y comodidades, que inspiran en cualquiera
el terrible afán de poseer y de dominar.
Para culminar, me pregunto después de haber dedicado horas
a tratar de sentir ese morir y renacer que pasamos en los años
adolescentes, si todo el mar infinito que tenemos frente a nosotros,
todo aquello que nos aleja de esa cierta Piedad Natural que une
entre sí los días de infancia, que nos es arrebatada
para emprender los triunfos y sinsabores que aguardan en nuestro
destino; acaso todo ese estallido lo sentimos ¿como castigo
o corno redención?
Notas
1. Octavio Paz. El laberinto de la soledad. FCE, México.
1978,p.9.
2. Mariano Picón-Salas. Regreso de Tres Mundos en Autobiografías.
1era. Edición. Monte Avila Editores. Caracas. 1987, pp. 145-146.
3. Herman Hesse. Demian. 5ta. edición. Editores
Mexicanos Unidos. México. 1982. 231 p.
4. Ibid., p. 34. 5. Ibid., p. 35. 6. Ibid-
p. 35.
7. William Wordsworth. Poetas líricos ingleses.
Selección de Ricardo Baeza. I studio preliminar de Silvina
Ocampo. Clásicos Jackson. Volumen XXXIV. W. M. Jackson
Editores. México. 1963, p. 171.
8. W. B. Yeats. Ensueños sobre la infancia y
la juventud. lera. edición en español. Traducción
de Julieta Fombona de Sucre. Monte Avila Editores. Caracas. 1986,
p. 83.
9. Mariano Picón-Salas. Coloquio en Valera en Com-prensión
de Venezuela. Prólogo de Hernando Téllez. Colección
de autores venezolanos. Aguilar. Madrid. 1955. Nueva edición
corregida y aumentada, p. 390.
(*)Ana Carmen Rondón es estudiante de la Licenciatura
en Química, Cohorte '89.
Universalia
nº 10 Abr - Jul 1993
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